Derecho a innovar

 

No me queda claro por qué a los abogados se les dice doctor, pero me inclino a creer que algo tiene que ver el dicho “es bueno tener un doctor cerca”. Tanto los médicos como los abogados son profesiones que la vida misma se encarga de solicitar, pero son los segundos con los que, en mi experiencia profesional y salvo honrosas excepciones, me ha costado más interactuar.

Si tuviera que dar una explicación simple y genérica, diría que la formación de un biólogo (o científico en su extensión) promueve la simplificación de los hechos que ocurren en la naturaleza/universo con el fin máximo de asegurar su comprensión —como sinónimo de entendimiento—, mientras que la formación de un abogado promueve el detalle narrativo con el fin máximo de asegurar la comprensión —como sinónimo de inclusión o alcance—. Así, mientras los primeros preferimos una redacción pauteada con viñetas y gráficos/modelos, los segundos prefieren oraciones extensas que forman párrafos que en más de una ocasión me han hecho renegar por carecer de verbo o suplicar por un punto seguido.

Cuando empecé a sumergirme en el mundo de la innovación, lo legal era una arista que aportaba un marco en forma de convenios o acuerdos de confidencialidad, transferencia de tecnología, licencias, etc.; o, en su defecto, resaltaba por no aportar un marco que avanzara a la par de los desarrollos tecnológicos. Era muy raro ver lo legal como centro o sujeto de la innovación.

¿Cuáles son las principales barreras para que lo legal se vuelva ese protagonista? Revisando un artículo de Collective Campus que entrevistaba a cinco expertos y preguntando a algunos abogados en Perú, identifiqué las siguientes como principales barreras:

  • Una naturaleza conservadora: Se necesita tener ciertos principios/marcos, una estructura basal, una norma sobre la que actuar, más aún en nuestro derecho que, a diferencia del anglosajón, no se basa en la jurisprudencia.
  • Una cultura sobreprotectora de la información genera reticencia a tecnologías digitales.
  • Estudios y áreas legales tienen poca diversidad, la mayoría son profesionales legales, y muchas veces tampoco es mucha la interacción con otras áreas/profesiones.
  • En el caso de los estudios de abogados la estructura y modalidades como el cobro por hora no dan valor al tiempo para innovar.

En los últimos años, sin embargo, he podido ver con agrado cómo la innovación va ganando terreno transversal, más allá de áreas y profesiones. Ya es usual escuchar términos como legal tech o legal design. El primero hace referencias a las tecnologías, especialmente las 4.0, aplicadas a la gestión legal (es decir, la gestión tecnológica del derecho) para lograr desde mayor eficiencia en el flujo de procesos a través de la automatización de procedimientos y la aplicación de inteligencia artificial en trabajos rutinarios, hasta machine learning para la extracción de disposiciones en base al análisis de contratos y una mirada más de portafolio que de expediente.

El segundo está más relacionado al diseño, e incluye el derecho de las nuevas tecnologías. El legal design requiere del ejercicio de la empatía, la colaboración y la creatividad; por ello, bajo una perspectiva de usuario, trabaja en una comunicación más asertiva. Esto, de acuerdo a Berger-Walliser, no solo se traduce en una mayor eficacia de información por medio de la mejora en la accesibilidad, sino que también pueden fortalecer el funcionamiento de la misma organización y, en última instancia, el sistema legal en su conjunto.

Como mencioné líneas arriba, en los últimos años la innovación va ganando terreno transversal. De hecho, la idea de escribir este artículo nace del interés del área legal de una de las empresas socias del Hub de Innovación Minera del Perú de participar más en las actividades y espacios del Hub. Al final, todos y todas tenemos derecho a innovar.

Por: Pamela Antonioli
Gerenta general del Hub de Innovación Minera del Perú
[email protected]

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