Apostar temprano: la ventaja invisible de la minería del futuro

En uno de mis libros favoritos, “Los pilares de la Tierra”, de Ken Follett, la historia gira en torno a la construcción de una gran catedral en la ficticia ciudad de Kingsbridge, un proyecto monumental que conecta las vidas de personajes muy distintos: constructores, monjes, nobles, artesanos y campesinos. En la Edad Media, las grandes catedrales europeas tardaban décadas —y a veces siglos— en construirse. Quienes colocaban las primeras piedras sabían algo extraordinario: probablemente nunca verían terminada la obra. Y, aun así, invertían tiempo, recursos, conocimiento y talento en algo cuyo resultado final era incierto, técnicamente complejo y muy lejano en el tiempo.

Esa lógica puede parecer distante del mundo minero actual, asociado a grandes inversiones, planificación de largo plazo y una natural aversión al riesgo. Y tiene sentido: operar en entornos complejos exige seguridad, estabilidad y confiabilidad. Sin embargo, esta lógica en realidad tiene mucho en común con uno de los grandes desafíos de la industria: apostar por tecnologías en estadios tempranos de desarrollo. En un mundo donde las tecnologías evolucionan cada vez más rápido, esperar a que una solución esté completamente madura para recién observarla puede convertirse, paradójicamente, en el mayor riesgo de todos.

Muchas de las tecnologías que hoy transforman industrias completas comenzaron siendo ideas imperfectas, prototipos pequeños o desarrollos sin validación comercial clara. La inteligencia artificial, los drones, la automatización o los sensores remotos pasaron años siendo vistos como apuestas inciertas antes de convertirse en estándares. La pregunta, entonces, no es si la minería debe innovar, sino en qué momento decide involucrarse en el proceso de innovación.

Apostar por estadios iniciales no significa incorporar soluciones sin criterio ni convertir operaciones en laboratorios improvisados. Significa desarrollar la capacidad de explorar antes, aprender más rápido y colaborar con quienes están creando las tecnologías del futuro mientras aún están tomando forma. Porque muchas veces el verdadero valor no está solo en adoptar una innovación madura, sino en participar en el proceso que la vuelve relevante para la industria. Es precisamente en esas etapas tempranas donde la industria puede influir en el diseño, orientar el desarrollo hacia problemas reales y construir ventajas competitivas difíciles de replicar más adelante.

Y ahí aparece un elemento fundamental: el ecosistema.

Así como las catedrales medievales requerían arquitectos, artesanos, matemáticos, herreros, constructores y comunidades enteras trabajando coordinadamente durante generaciones, la innovación minera también necesita redes colaborativas. Ninguna empresa puede explorar sola la enorme velocidad del cambio tecnológico actual. Se requieren espacios donde startups, universidades, empresas mineras, proveedores y centros de investigación puedan compartir aprendizajes, pilotear soluciones y distribuir riesgos. Se necesita confianza, un lenguaje común y mecanismos para pilotear sin que cada intento implique un riesgo desproporcionado.

Ese es precisamente uno de los roles más relevantes que hoy cumple el Hub de Innovación Minera del Perú: crear las condiciones para que la industria pueda acercarse de manera estratégica a tecnologías emergentes, conectando capacidades diversas y acelerando procesos de aprendizaje colectivo.

Además, involucrarse tempranamente tiene un efecto que va más allá de la tecnología. Cambia la cultura. Obliga a las organizaciones a desarrollar capacidades de aprendizaje, adaptación y experimentación. Y, en una industria que enfrenta desafíos crecientes en sostenibilidad, productividad, agua, energía y talento, esa capacidad de adaptación puede ser tan importante como la tecnología misma.

Desde el Hub, hoy nos va a tocar generar un grupo de trabajo para la evaluación de portafolios de proyectos de I+D+i que surgen de alianzas con importantes organizaciones nacionales e internacionales. Este año, por ejemplo, venimos implementando un modelo de trabajo denominado Co-Lab con tres universidades: PUCP, UNI y UTEC; asimismo, viajamos a Perth en Australia, con un grupo de profesionales de las empresas del Hub, a raíz del GRX26, evento de innovación organizado por nuestro aliado Austmine, que nos ha permitido (re)conectar con organizaciones como CSIRO, Trailblaizer de la Universidad de Curtin, el Centro de Pilotaje en Automatización y Robótica (AARP), CORE Innovation Hub y AMIRA.

Pero ahí no termina el trabajo. Necesitamos complementar esta articulación con un marco de trabajo o framework que habilite el despliegue de procesos. Necesitamos entender que un convenio de codesarrollo no es un contrato logístico, que un proyecto de innovación no sigue las reglas de un TdR (términos de referencia), entre otros aspectos críticos en la adopción de una cultura de innovación. Porque innovar temprano no es solo una apuesta tecnológica; es una apuesta cultural y estratégica sobre cómo construir el futuro.

Al final, las grandes transformaciones rara vez se construyen en solitario o con resultados inmediatos. Se construyen como las catedrales: con visión de largo plazo, colaboración entre múltiples actores y la convicción de que vale la pena empezar incluso cuando todavía no se alcanza a ver completamente la obra terminada. Y, en innovación, muchas veces, la diferencia entre seguir tendencias y liderarlas está justamente en decidir apostar antes que sea evidente.


Pamela Antonioli De Rutté
Gerente general del Hub de Innovación Minera del Perú
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