Este año volví a participar de la Maratón de Lima, una vez más en calidad de público entusiasta y porrista momentánea. Pero esta vez mi atención no se enfocó en las llegadas emotivas, sino en las personas que, estando tan cerca (a pocos metros de la meta), no lograron terminar. Algunos se desvanecieron, otros sufrieron calambres y otros simplemente no tuvieron más energía para continuar. Después de meses de preparación, quedaron muy cerca de cruzar la línea final.
Muchas veces pensamos en la innovación o la tecnología como una sucesión de éxitos inevitables: inventos que transformaron industrias, empresas que cambiaron el mundo o ideas que llegaron en el momento perfecto. Pero detrás de cada innovación consolidada existen cientos o miles de iniciativas que estuvieron muy cerca de lograrlo y no lo hicieron.
Uno de los casos más conocidos es el de Nikola Tesla. Muchas de las ideas que imaginó parecían imposibles para su época: transmisión inalámbrica de energía, automatización e incluso conceptos que hoy asociamos a las telecomunicaciones modernas. Varias de ellas no lograron consolidarse comercialmente mientras él vivía; sin embargo, muchas terminaron formando parte de nuestra vida cotidiana. No porque las ideas cambiaran, sino porque el contexto finalmente alcanzó a la tecnología.
Algo parecido ocurrió con las videollamadas. Mucho antes de Zoom, Teams o WhatsApp, empresas como AT&T ya intentaban impulsar videoteléfonos desde los años 60, a través del Picturephone. La idea funcionaba técnicamente, pero los equipos eran costosos, incómodos y el mundo todavía no veía necesario comunicarse de esa manera. La tecnología existía, pero el ecosistema aún no estaba preparado para adoptarla.
Y a veces ni siquiera es la tecnología la que falla, sino la capacidad de apostar por ella. Kodak desarrolló una de las primeras cámaras digitales en 1975, pero decidió no impulsarla por temor a afectar su negocio tradicional de películas fotográficas. La oportunidad estaba ahí. La innovación también. Pero no logró cruzar la meta.
Luego de seis años de creado el Hub, con mucho gusto volvemos a reencontrarnos con innovadores que quizá no llegaron a la meta en su primer intento, pero que siguen recorriendo el camino con aprendizajes valiosos, propuestas más robustas y en mejores condiciones para volver a correr. Y es que el trabajo del Hub no se basa únicamente en actividades o programas aislados, que probablemente es lo más visible, sino en una articulación permanente del ecosistema. Esto nos permite gestionar un modelo de innovación abierta que va más allá del inicio y fin de una convocatoria: una coordinación constante a través de un portafolio vivo, con algunos innovadores que desaparecen, pero otros que maduran y regresan a contarnos novedades. Esto, sumado a la naturaleza colaborativa del Hub, es quizá uno de los grandes diferenciales frente a procesos puntuales de innovación abierta tipo consultoría: la posibilidad de formar parte de un espacio con una agenda y redes a disposición de manera continua, aprovechando el conocimiento y aprendizaje colectivo. La historia de la innovación no debe recordar únicamente a quienes llegaron primero, sino también a quienes abren camino o a quienes, aun después de quedarse sin aliento, deciden volver a correr.
Pía Torres Osores
Gerente de innovación del Hub de Innovación Minera del Perú
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