Hay frases que repetimos tanto que terminamos dándolas por sentadas. Una de ellas es que el Perú es un país rico en recursos minerales. Y es cierto. Pero hace unos días, mientras escuchaba una conversación organizada por el Center for Strategic and International Studies (CSIS)¹ sobre el papel que podría desempeñar el Perú en la cadena de suministro de minerales críticos, me quedó dando vueltas una idea: quizás hemos estado mirando la ventaja equivocada.
Lo que más me llamó la atención no fueron las cifras —que son impresionantes— sino los temas sobre los que realmente giró la conversación. Prácticamente nadie discutía nuestra geología. Nadie cuestionaba que el Perú es el tercer productor mundial de cobre, que posee cerca del 10 % de las reservas globales de este mineral o que cuenta con diez de los diecisiete minerales considerados críticos para la economía del futuro. Eso parecía asumido. La discusión estaba en otro lugar: infraestructura, estabilidad, licencia social, comunidades, capacidad de procesamiento y atracción de inversiones.
Fue ahí cuando entendí que el mundo ya da por sentado que el Perú tiene minerales. Lo que todavía está en discusión es si tendremos la capacidad de convertir esa riqueza en desarrollo. La competencia ya no será por quién tiene más cobre o más litio, sino por quién logra generar más valor alrededor de esos recursos. La geología sigue siendo una ventaja, pero ya no alcanza.
Vale la pena hacernos una pregunta: si mañana descubriéramos otro gran yacimiento de cobre, ¿eso nos convertiría automáticamente en un país más desarrollado? Probablemente no. El verdadero desafío comenzaría recién ahí. Habría que atraer inversión, desarrollar infraestructura, construir confianza con las comunidades, formar talento, incorporar tecnología y generar condiciones para que ese recurso se transforme en bienestar. En otras palabras, el mineral abre la oportunidad; el desarrollo depende de todo lo demás.
Por eso creo que la innovación ha dejado de ser un tema periférico para convertirse en una estrategia país. Y no me refiero únicamente a desarrollar nuevas tecnologías. Innovar también significa encontrar mejores formas de relacionarnos con las comunidades, utilizar inteligencia artificial para hacer más eficiente la infraestructura, fortalecer proveedores tecnológicos locales, conectar universidades con empresas, acelerar la validación de soluciones y crear capacidades que hoy todavía no existen. Si el recurso natural nos da una ventaja inicial, será la innovación la que determine cuánto valor somos capaces de capturar.
Ese desafío tampoco puede enfrentarse desde una sola organización. Ninguna empresa, universidad o institución pública tiene, por sí sola, todas las respuestas. Necesitamos espacios donde distintos actores puedan encontrarse, aprender juntos y construir soluciones compartidas. La innovación colaborativa deja de ser una buena práctica para convertirse en un activo estratégico del país.
Esa es justamente la apuesta del Hub de Innovación Minera del Perú. No solo acercar tecnologías emergentes a la industria, sino crear el espacio donde una startup pueda conversar con una empresa minera, una universidad con un proveedor tecnológico, un inversionista con un centro de investigación o una operación minera con un desarrollador de tecnología que aún está en sus primeras etapas. Los ecosistemas de innovación no aparecen por generación espontánea; alguien tiene que ayudar a construirlos, generar confianza y conectar capacidades.
Quizás el mayor cambio de paradigma es entender que los minerales son una condición necesaria, pero ya no suficiente. El Perú recibió de la geología una oportunidad extraordinaria, pero la verdadera riqueza del Perú ya no está solo bajo la tierra. Lo que hagamos con ella dependerá mucho menos del subsuelo y mucho más de nuestra capacidad para imaginar, colaborar, innovar y construir una visión compartida de futuro. Al final, las reservas se descubren; el desarrollo se construye.
Pamela Antonioli De Rutté
Gerente general del Hub de Innovación Minera del Perú
[email protected]